Estaba sentado. Era un sofá blanco con capacidad para tres personas, pero solo me encontraba yo. Todos los demás caminaban, brincaban y bailaban de un lado a otro sobre todo el lugar. Las paredes eran blancas pero ya se encontraban huellas de lo que había sucedido allí. La casa era muy grande y espaciosa apenas había conocido la mitad del lugar. Todos los invitados traían camisa y pantalón vaquero, mientras que las mujeres lucían vestidos, en su mayoría negros. Toda la noche había estado observando los diferentes diseños pero ninguna me había impresionado; es posible que los vestidos fueran excelentes pero sus portadoras los lobregaban. Decidí salir del sillón para ir por un poco de soda, cuando llegue a la barra subí la mirada y ahí estaba ella, viéndome y esperando a que me acercara. Me detuve y todo se volvió más despacio. Yo tenía mis cabildeos concentrados en la circunstancia que el destino ajusto para mi. Dar un paso hacia delante sería conceder la apetencia de mi onírico pensamiento, y sin vuelta atrás enfrentarme a la noche de su rostro oscuro y misterioso. Mi alma alborotaba mis sentidos pero mi pie seguía inmóvil. Mis palpitaciones pronunciaban tu nombre aunque no te conociera, con verte me lo decías todo. El alabeo de tu cintura me provoca y te respeta, mis ojos no pueden moverse de tu sombra y lo sabes; solo me sonríes. Me siento perdido en tu figura y no avanzo. El fragor de mi alma aumenta y mi corazón cede, mi pensamiento cede, mi ser cede. La oscuridad hacía que mis propósitos se volvieran cada vez más arriesgados, pero seguía inmóvil. El brío que me forja es más débil que el áureo de tus ojos que me hacen dar un paso y agachar la cabeza. En un instante un hombre está junto a ti te agarra de la mano y te menciona algo. Agarras tus cosas y te marchas sonriéndome, sin que él te vea. Mi corazón desaparece contigo y me recuerda a las estrellas en el alba o la luz en el crepúsculo, con una última imagen hermosa.
CGRGC
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